May 22, 2009 Por Carlos Vázquez Hernández
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unión, latinoamericanos, américa latina
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Este es un escrito que realice en mis viajes al extranjero. Quienes buscamos la unión de esta nuestra américa, en algún momento nos enamoramos de ella. Este es mi relato. Quisiera leer el suyo. Notas retrospectivas de viaje: Me encuentro lejos de la tierra que me vio nacer. Ahora la siento mas mía, mas humana, más lejana de lo puramente mental y mas cercana a lo estético, a lo bello, a lo intuitivo, a lo puro del mundo. Siempre creí conocerla y sin embargo me siento tan nuevo a ella como nuevo se sintió el conquistador al tocar las costas que cobijan el tan sensual y poderoso merengue. Me siento tan embrujadamente unido a ella como unido se sintió el indígena a su hermano el maíz. Ahora me siento tan nuevo a ella como el mestizo que lleva tanto años ocupándola. Esa tierra de tan distintos colores, olores y personajes que no se que numero de gente admira, es tan mía desde el caluroso Tijuana hasta la tempestuosa Tierra de fuego. Esa tierra la encuentro en mi profundo ser tan unida, que las divisiones creadas por hombres racionales no las puedo ver mas que en un mapa. Curioso es el momento en el que empecé a enamorarme de ella. Viaje primeramente al mundo del blanco, al desarrollo, al orden en las calles, al frío de la avenida y a la comida homogeneizada. Me sentí atropellado por todo lo distinto a mí. A todo lo diferente que se sentía el aire y el suelo también. Los distintos colores, olores y sabores habían quedado atrás y habiendo sido reemplazados por el frío inhóspito del norte, quede deslumbrado por la blancura no solo de su gente sino de sus calles por igual. Creí haber encontrado eso visto en el medio diario. Creí haber descubierto el sentimiento buscado. Creí haber llegado a esa tierra prometida. Y sin darme cuenta, sembraba la cosecha del progreso, de la igualdad en el comienzo, de las jornadas programadas y de las compras planeadas. Regresé a mi tierra, a mi gente, lleno de crítica, con un carácter de padre mas que de amigo y hermano. Regresé con el intento de establecer en mi micro mundo el orden del sajón. Sin darme cuenta, fertilizaba el desprendimiento cultural de lo mío, olvidando en todo momento, que eso mío es lo nuestro. Trabajé como lo planeado, viví por ese momento como lo esperado y poco a poco lo sembrado olvidándose iba. Sin mas reacción que la que el descontento deja me sentía perdido en los complicados recovecos de mi cultura que no pide mas que ser aceptada desde el punto de vista nuestro, no de ellos. Crecí sin desarrollarme, viví racionalmente creando confusión intuitiva. Dudé de mi propia gnoseología y aceptando otra epistemología me creía iluminado. Pasaron así algunos años sin mas lamento que el que tenía ya en ese momento. Llegaba la hora de descubrir un nuevo destino. Viajé a la tierra del de origen mongol. Descubrí un mundo totalmente distinto al del sajón. Un mundo donde mi propia religión era la minoría, donde el ojo oblicuo era lo común y el ojo azul era lo chocante. Sin embargo, el que ellos, los sajones, denominan como progreso existía. Lo único oblicuo en el lugar pertenecía a sus personas. El mundo del sajón, aunque minoría, dominaba el ambiente. La blancura de la calles se veía por doquier y en su carácter crecía un intenso ingenio para poblar. Regrese una vez más a mi suelo. A ese que llaman de tercera categoría. A eso que con otros ojos no se puede admirar y que sin embargo, yo seguía negándome a hacer. Ahora retomaba la formula de aquella la civilización del desempeño milenario; labor, crecimiento y extrema población. Intente vislumbrar la formula para adaptar sus soluciones a los obstáculos que encontraba en mi propio camino. Una vez más sentí un enorme conflicto interior. Entre el anglo-sajón y el asiático no encontraba un similar a mi propio ser. Y sin embargo gracias a ellos inicié, sin prepararlo, el puente que me llevo a ver a mis pares. Viaje una vez más. Llegue a un lugar lleno de danzas, con personas ebrias de alegría y sin esperar ni la blancura de sus calles o el progreso de sus avenidas, me sentía en casa. Disfruté de sus bailes, de su gente, de su comida y hermoso clima. Sentía empatía en todo momento, era como haber cruzado una calle en mi propio haber. Hablaban mi mismo idioma, intuían de la misma forma y la broma, aunque con distinto acento se realizaba, hacía reír sin ninguna diferencia. El regreso sin quererlo se acercaba. Emprendí el camino a lo mío aunque hubiese parecido que nunca me nunca me fui. Desperté con un nuevo brío y gradualmente me sentía diferente. Ahora el descontento, aquella búsqueda de implementaciones exógenas no hacían tanto sentido en mí y el amor por lo que me rodeaba empezó a florecer. Intuí el potencial, sonreía con el futuro que eso me hacía sentir. Sin mas dedicación a esa experiencia emprendí el camino una vez mas a otra ciudad mía. Ahora era el turno de mi confinación geográfica. Descubrí mi sur y mi norte. Me enriquecí con sus gustos y dolores. Me sentí dichoso de haber nacido aquí. Y con esa aceptación empecé a entender al sajón y al asiático. Comencé una nueva etapa en mi amor por la tierra mía, por la tierra nuestra. Ahora me tocaba ir un poco mas al sur de lo acostumbrado. Llegue a la tierra de tan deliciosos vinos y exquisitos asados. ¡Vaya sorpresa!, sin lugar a duda excedió lo previsto. No solamente disfrute de sus hermosas urbes, de sus inolvidables placeres y de sus tan inconfundibles pasiones. También descubrí y reafirme que lo mío, lo nuestro, no tiene fronteras. Caí en cuenta que el mestizaje es un fenómeno mucho mas complejo que aquella la mezcla de sangres, y sin afán de eliminar su lugar histórico, confirme que el medio cultural era también mestizo, era una hermosa mezcla de lo mejor. Más aún, descubrí que sucedía de la misma forma que en mi parte de la América, mestizaje de sangre y de culturas. Regrese a mi lugar totalmente embriagado de recuerdos, de esperanzas y de potenciales. Ahora lo mestizo no era solo visto desde el libro, era ya visto desde lo mas íntimo, desde lo más comunal, desde la familia que me vio nacer hasta aquella que descubrí en mis hermanos de la América Latina. Intente nuevamente entender mi propio origen, mis propias raíces, mis propios demonios y así progresar, como se debe, desde el interior. Una epifanía llegó, sin embargo, al reflexionar sobre lo nuestro. No podía desprenderme de mi parte latina, mas no latinoamericana. Así pues viajé al continente viejo. Llegando a este, acompañado por hermanos latinoamericanos, llegué a ese lugar que se veía en libros con odio, con un dejo de superioridad mismo que da el saberse originario también de una cultura, que se argumenta, cósmicamente superior. Descubrí con estos nuevos ojos el maravilloso mundo del ibérico. Encontré tantas similitudes que cuestioné lo mucho que se ha perdido en el camino centenario de nuestro desarrollo. Vi con mis ojos de latino de la América la versión suprema que nos dio la mezcla. Resignifique mi origen. Oportunamente llegue a verme tan latino como indígena, llegue a consolidarme desde el corazón como mestizo. En ese viaje, sin embargo, sentí como ese suelo se sentía como mi antigua casa y viendo con ojos de amor a la América Latina, realmente supe que es ahí el nuevo hogar, uno que tiene una historia cósmica y un pasado conquistador y que sin lugar a duda dieron el fruto de mi existir, ahí esta el futuro. Pero, sin afán de acondicionarla, la tenemos tan olvidada. Retorne de ese viaje confirmador a mi realidad mestiza. Me emocione de los placeres que sentía y aunque siempre los tenía, nunca lo mas los dejaría. En todas estas escapatorias de mi realidad la temporalidad era un factor determinante. Tocaba así el turno de emprender un camino mucho mas largo. Llegue a una tierra con el afán de descubrir un poco mas. De prepararme para un mundo racional que todo lo ve de acuerdo a la lógica del libro, dejando en segundo plano lo estético e intuitivo en el. Me encontré con muchos caminos, con muchas experiencias y si no hubiese sido por aquellas visitas anteriores a mi América Latina, el rumbo seguramente hubiese perdido. Me topé con otros hermanos y hermanas de aquella familia que no me vio nacer. Encontré en ellos lo mismo que tenia en casa. Y sin lugar a duda me ayudaron a sobrevivir en ese el mundo del nuevo anglo-sajón. En ese lugar me relacioné con un sin fin de razas. Afortunado fui al ver al negro lleno de sensualidad y perfección corporal. Lleno de goce y de maravillas espirituales. Descubrí una parte del blanco que no conocía, entendí su dedicación y apego a la modernidad al igual que su hacendosidad y única disciplina. Así mismo pude comprender su infinito afán de entenderlo todo y a toda costa para generar beneficios desde sus propias formas. Conocí a fondo el comportamiento del asiático y su orden. Sus distintos olores y pasiones. Conocí al indio y a sus parientes cercanos. Descubrí con maravilla muchas similitudes en nuestras formas. Finalmente, mas no al último, viví como Latinoamericano. Con un poco de mezcla de todos ellos, con un poco mas de potencial que todos ellos. Empecé a leer a grandes pensadores de mi región, de hecho, tal vez muchas de estas líneas han intentado imitar, burdamente, la intención de sus textos. El verme desde afuera y volver a vivir mi latinidad americana han sido los culpables de este escrito. Ahora estoy a punto de emprender el vuelo a mi origen. Me llevo tantas cosas duraderas. La pasión de negro, la dedicación de blanco, la disciplina del asiático y las similitudes del indio. Pero, existe un particular que llevo conmigo. Llevo la historia de América Latina en la sangre. Llevo sus bellezas en mis ojos. Llevo sus gustos en mi boca. Llevo sus aspiraciones en mi corazón. Pero con mucho orgullo, llevo el amor que le tengo a lo mió, a lo nuestro, a la América Latina. |



