June 23, 2009 Por Pedro Baez
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21 de Junio de 2009: Día de San Luis en el santuario católico, Día del Padre en el mundo occidental y Día del Solsticio de invierno en las culturas de Los Andes…
Como un antiguo templo, el Museo Nacional de Historia Natural, con sus muros centenarios que cobijan testimonios de antiguas culturas de América Latina se vistió de gala para recibir en esta ocasión a representantes de las etnias de esta parte de nuestro continente. El objetivo, efectuar un ceremonial muy antiguo, quizás vinculado con los orígenes mismos de las civilizaciones americanas y en cierto modo, tal vez, causal de la aparición de los seres humanos sobre la faz de la Tierra. En esta ocasión nos reunimos con un solo propósito: adorar a Inti (Sol) en el Solsticio de Invierno, en un día muy nublado, después de haber recibido las abundantes lluvias que habían dado inicio al proceso de la fecundación de la Pacha Mama. El Padre Sol, reacio a hacer su aparición para ser honrado, se resistía entre la nubes a las invocaciones del Yatiri: Se oía, ¡Hira Tanaka hermanos!, Sayaya…….! Orientados hacia el Cerro El Plomo, ubicado al N.E., en Los Andes de los alrededores de Santiago, todos los presentes acompañamos al sacerdote en su ceremonia. Luego, la invocación se orientó hacia los cuatro puntos cardinales del Tahuantinsuyo: Collasuyo, Contisuyo, Chinchaisuyo y Antisuyo. Ahora la letanía se hizo más fuerte, como si en la intención se demandara ya la presencia del Sol para inundarnos con los rayos de luz y abrigarnos con su calor tan necesarios para perpetuar la vida.
En esta ocasión había además una solemnidad mayor. Por primera vez se iba a honrar al Niño encontrado por dos arrieros en el Cerro El Plomo, lugar escogido hoy para la orientación de las evocaciones. Hace más de 500 años los sacerdotes y oficiantes incaicos ofrendaron este niño noble a los dioses en las alturas del cerro, para pedirles abundancia en las cosechas, tranquilidad y paz para su pueblo. Posiblemente atormentados por lo que vislumbraron vendría con el tiempo, le habían pedido a la divinidad que cambiara el futuro ya destinado a transformarse en presente trágico a muy corto plazo. Hoy al igual que ayer le pediríamos a este niño que duerme solamente en el Museo, que intercediera para que lográramos la cordura y la sabiduría necesaria para impedir el deterioro de la Naturaleza en nuestro planeta.
Así se ordenaron en el suelo ofrendas de todo tipo: conchas de moluscos, pututos, quenas, tarkas, zampoñas, chuspas, cueros, palo santo, paños delicadamente tejidos, variadas y ricas comidas, vino, vestimentas, lana, y un sin fin de muestras multicolores. El aire se tornaba de un tono azul espeso por la humareda desprendida al quemar las ofrendas. Se hizo un círculo en que las invocaciones se sucedieron en distintas lenguas, precedidas por los líderes de cada grupo. Luego comenzó la procesión con la cadencia de los ritmos que atestiguaban la herencia común de Los Andes. Se apretaba el corazón y un nudo en la garganta detenía la respiración. En ese momento, el tiempo se había detenido y seguía la cadencia con la monotonía de los ritmos altiplánicos.
Quizás también por primera vez en esta ocasión nos sentíamos los miembros de este pequeño pero gran grupo, unidos por los lazos invisibles con que la Madre Tierra va bordando el colorido tapiz de múltiples colores de nuestra America Latina. Todos danzábamos alegres, como presintiendo y presagiando el momento, en esta clarividencia continental, en que todos éramos hermanos y nos regocijábamos de sentirnos tan férreamente unidos. Así se sucedieron los bailes de los pueblos del interior, luego la imagen del cóndor infaltable, como mudo emisario de las alturas, confundido también entre los danzarines de las diabladas.
Por una vez la Quinta, La Quinta Normal de Santiago de Chile para ser más exactos, cobró vida en una nueva dimensión, más cosmogónica, más natural, más humana y más solidaria. A lo lejos, a través del espejo de agua de La Laguna que enmarca La Quinta por el norte, los ritmos de cacharpayas se iban haciendo más y más lejanos. La dulce monotonía y la candencia de la música nos iba dejando la alegría de haber asistido a la conjunción de los tiempos. Ante los ojos se insinuaba el nacimiento de todas las culturas de América. Pasaron ante nosotros Aztecas, Mayas, Chachapoyas, Mapuches y tantos otros que se sucedieron velozmente. Desde hoy, poco a poco, los días se irían haciendo más largos y el Sol, asomado sobre los picachos cordilleranos, en la montaña más grande del continente nos daría su calor en abundancia para seguir viviendo con la alegría de los días venideros. De ahora en adelante, ya nada sería igual ni para las especies de la Naturaleza ni para nosotros, los seres humanos: habíamos participado todos de un rito iniciático, quizás la fiesta más importante de nuestra Cordillera de Los Andes.
Nunca antes el edificio del Museo, después de su construcción en 1875, se había visto tan visitado por tan diversa y distinguida concurrencia. Al interior de este templo de las musas, el esqueleto de la ballena, las fieras embalsamadas y los ejemplares de tantas especies naturales, traídas desde las más remotas regiones del Tahuantinsuyo, habían cobrado vida en nuestra imaginación, después de su inmovilidad centenaria. Todos parecían sentirse alegres nuevamente al sentir los rayos del Sol, en esta fiesta que habíamos celebrado en honor del astro rey de la creación.
Afuera del edificio, tanto los pájaros, símbolo emblemático de la libertad, como también los perros que corazones inmisericordes traen y dejan abandonados a su suerte en la Quinta, se cobijaban una vez más al abrigo del Sol. Para ellos el calor y la luz del astro rey les habían traído nuevas fuerzas y así lo seguirían testimoniando de ahora en adelante.....




Fernando Tapia
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Estimado Pedro, todos tus relatos me hacen palpitar las ansias de mi conciencia de sudamericano, de la lindura de nuestra naturaleza, junto a los descubrimientos realizados en tu magnífica labor científica y profesional, demuestras también la noble intención por esas costumbres y el amor por aquella tierra Santa de nuestro continente, mas aun lo que relatas aquí me lleva al fondo de mi niñez y mis memorias de caminar por aquel edificio de aquel viejo Museo donde muchas veces recorrí como niño ingenuo tratando de entender ese mundo que me presentaban, te agradezco pues ese fue mi barrio y ese parque fue mi patio de juegos y lugar de mis primeras lecciones sobre lo hermoso de las cosas que existen a nuestro alrededor y en nuestra América Latina. Gracias
Fernando Tapia hace 1062 días